Prevenir las violencias de género implica trabajar con varones

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Prevenir las violencias de género también implica trabajar con quienes las ejercen. En el Municipio de La Matanza, la Secretaría de Mujeres, Políticas de Género y Diversidades propone dispositivos grupales destinados a varones que ejercieron violencias por razones de género, en su mayoría derivados por la Justicia de Familia.

El eje está puesto en la responsabilidad sobre las conductas que generaron daño y, a partir de ese reconocimiento, la posibilidad de revisar los mandatos y las formas violentas de vincularse.

“Acá no hablamos de culpabilidad ni de inocencia, hablamos de responsabilidad”, no se trata de un espacio punitivo, resume el Lic. Gustavo Escobar, psicólogo social, licenciado en Comunicación y coordinador del grupo para varones judicializados de la Región Descentralizada Sur, en González Catán.

Los dispositivos también reciben varones que llegan por su propia voluntad, lo que llamamos demanda espontánea, cuando reconocen que sus formas de ejercer la masculinidad están generando conflictos en sus vínculos o dolor en las personas a las que aman.

Sin embargo, la mayoría llega a partir de una intervención judicial, es decir, que en un sentido ya es tarde, pero no del todo.

De los mandatos a los vínculos

Para Escobar, uno de los principales desafíos es poner en palabras aquello que a los varones les enseñaron a callar.

“A los varones les cuesta mucho poner en palabras sus emociones, lo que les pasa, cómo se sienten, y allí opera fuerte el mandato del macho proveedor, el que se aguanta todo”, explica.

A los varones les cuesta mucho poner en palabras sus emociones, lo que les pasa, cómo se sienten, y allí opera fuerte el mandato del macho proveedor, el que se aguanta todo.”

Gustavo Escobar, psicólogo social

En ese modelo de masculinidad se produce un efecto en el modo de vincularse en el que se pierde la escucha, la posibilidad de diálogo y, como consecuencia inmediata, perturba el ejercicio de una paternidad más amorosa o la necesaria empatía hacia una mujer que ocupe el lugar de la pareja.

El profesional señala que estos modos de construirse varón se expresan con frecuencia en violencia psicológica, a través del destrato, el ninguneo o el silencio como forma de castigo. Cuando no se detienen a tiempo también pueden producirse situaciones de violencia física que, a veces, derivan en una denuncia policial o judicial.

En el mejor de los casos es “ahí donde se da cuenta que algo hizo mal”, plantea Escobar. Pero también sucede que acuse a quien lo denuncia de mentirosa o de responsable de su propio daño.

No todos los varones que reciben una notificación judicial se presentan a la cita. Algunos no concurren y continúan sosteniendo conductas violentas.

En quienes sí participan, el proceso busca abrir un espacio para reconocer el daño producido, asumir responsabilidades y revisar los mandatos que atraviesan sus formas de vincularse. Reconocer el dolor de otra persona y sentir angustia frente a la evidencia de la propia responsabilidad es un primer paso imprescindible.

¿Qué se trabaja en los encuentros?

Los dispositivos para varones judicializados forman parte del Área de Asistencia de la Secretaría. Funcionan en la Región Descentralizada de Ramos Mejía, con modalidad presencial; en la Descentralizada Sur, de manera virtual; y recientemente se incorporó un grupo en el Centro de Asistencia “Elena Caporale”, en Rafael Castillo.

La asistencia es anual y los grupos tienen encuentros quincenales. Los varones pueden incorporarse en distintos momentos del año y completar el proceso durante doce meses.

En los primeros encuentros se trabajan los estereotipos y los mandatos de la masculinidad hegemónica, con el objetivo de que puedan reconocerse y así comenzar a revisar las ideas y comportamientos que naturalizan las violencias machistas.

“Tratamos de que se corran del enojo, del ‘yo no hice nada, es ella la que me denunció’ y comiencen a dimensionar por qué están en el grupo”, explica Escobar.

Tratamos de que se corran del enojo, del ‘yo no hice nada, es ella la que me denunció’ y comiencen a dimensionar por qué están en el grupo.”

Gustavo Escobar, psicólogo social

También aparece con frecuencia el rechazo hacia los feminismos y la idea de que “ahora ya no se puede decir nada”. Por eso, se trabaja sobre qué entienden por feminismo, patriarcado y violencias, y se señalan aquellas conductas que muchas veces no son reconocidas como violentas pero lo son y, como tales, producen dolor o miedo en quienes la padecen.

“Muchas veces piensan que si no pegan, no son violentos”, señala Escobar. Entre los ejemplos menciona “la ley de hielo”: dejar de hablarle a la pareja o a integrantes de la familia como una forma de expresar enojo o ejercer control.

No es que uno no se pueda enojar, es cómo uno tramita el enojo”, explica.

Así, los encuentros también abordan la angustia, la tristeza, las emociones, los cuidados, las paternidades y el mandato de mostrarse como alguien que puede soportarlo todo y resolverlo sin pedir ayuda porque hacerlo es leído como un signo no tolerado de debilidad.

Revisar la forma de mirar a los demás

Leandro Tresols, psicólogo social, psicodramatista y coordinador del dispositivo de la Región Descentralizada de Ramos Mejía, explica que el objetivo es trabajar sobre “la subjetividad que tenemos los varones sobre la percepción del mundo en general, pero sobre todo de las mujeres, las diversidades sexo genéricas y las infancias”.

Se pone en discusión una idea de superioridad que, según plantea, forma parte de los mandatos de masculinidad aprendidos, así como la competencia constante entre varones para imponerse sobre otros.

En los grupos se reflexiona sobre los distintos tipos de violencias de género, el ciclo de la violencia, las emociones, las paternidades y la manera en que los mandatos de masculinidad influyen en los vínculos, los comportamientos y la salud mental. También se incorporan situaciones de la vida cotidiana que contribuyen a construir determinadas formas de relacionarse.

Las herramientas varían según las características de cada grupo. Se utilizan, entre otras estrategias, ejercicios de psicodrama y trabajos escritos que luego se comparten.

“El objetivo es que nadie juzgue a nadie y que todos sepan que pueden ser sinceros, que se abran y que no digan lo que es políticamente correcto o lo que suponen que el coordinador quiere escuchar”, señala Tresols.

El objetivo es que nadie juzgue a nadie y que todos sepan que pueden ser sinceros, que se abran y que no digan lo que es políticamente correcto o lo que suponen que el coordinador quiere escuchar.”

Leandro Tresols, psicólogo social

Un espacio para hablar

Uno de los efectos que los coordinadores observan a lo largo del proceso es la posibilidad de hablar de aquello que habitualmente está silenciado.

“Las repercusiones son buenas porque es un espacio de escucha. Hay algo que se afloja fuertemente y se largan a hablar”, cuenta Escobar.

Con el avance de los encuentros, los participantes comienzan también a intercambiar experiencias y reflexionar sobre la paternidad, los vínculos, los cuidados y las tareas cotidianas.

Creemos que generar estos espacios desde edades tempranas podría contribuir a prevenir las violencias: “El varón, en el ejercicio de su masculinidad esperable, normativa, no tiene espacios para contar lo que le duele y angustia” y tampoco sabe bien cómo tramitar sus conflictos personales y sus frustraciones en los vínculos con otras personas.

Dos caras de la misma moneda

Para Florencia Velardi, coordinadora del Área de Asistencia, el trabajo con varones es una tarea necesaria en la implementación de las políticas públicas de prevención de las violencias.

Recientemente participó de un encuentro de equipos que trabajan con varones de los distritos de la Región III, organizado por el Municipio de Lomas de Zamora y el Ministerio de Mujeres y Diversidad de la Provincia de Buenos Aires. Allí se compartieron experiencias, dificultades y propuestas vinculadas con el trabajo con varones judicializados.

Uno de los desafíos identificados fue definir desde qué perspectiva se abordan estos dispositivos. Muchos varones llegan a partir de una orden judicial y se encuentran inicialmente a la defensiva en un ámbito en el que no desean participar. No están allí por su decisión personal.

Frente a esto, Velardi destaca la importancia de sostener una mirada restaurativa y no punitiva, que les permita hablar de lo ocurrido, problematizar las violencias ejercidas y revisar los estereotipos de género en los que están inmersos.

Pero la asistencia a varones que ya ejercieron violencia no agota el desafío. También resulta necesario fortalecer espacios destinados a varones que no tienen causas judiciales, como una estrategia de prevención y promoción de otras masculinidades posibles.

“Es una demanda de los barrios y también de los feminismos”, señala Velardi.

El trabajo con varones es un campo de acción más reciente que los dispositivos de asistencia y asesoramiento destinados a mujeres que llevan años de encuentros, talleres y producción académica de conocimientos.

El trabajo grupal ha demostrado ser sanador en sí mismo: mirarse, escuchar a otros, compartir situaciones es el camino elegido. Si a ser violento se aprende, dejar de serlo es una posibilidad cercana y posible.

De esto se trata esta compleja tarea. La buena noticia es que cuando los invitamos a una nueva construcción subjetiva, cada vez más varones aceptan el convite. 


Diseño de Portada: Sabrina Suárez

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Redacción
Redacciónhttps://generosmatanza.com/
Secretaría de Mujeres, Géneros y Diversidades
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