Una nueva Marcha del Orgullo LGBT+ nos encuentra con muchas asignaturas pendientes. Algunas no son nuevas, pero desde diciembre de 2023 se profundizaron. No estábamos espléndidas antes, pero habíamos conquistado avances fundamentales en materia de derechos, legislación y batalla cultural. La Ley de Identidad de Género, el Matrimonio Igualitario y la Educación Sexual Integral (ESI) son parte de ese camino colectivo que transformó nuestra sociedad.
La llegada de Javier Milei al Gobierno significó un fuerte retroceso. Al desfinanciamiento de las políticas públicas destinadas a garantizar derechos se suma algo todavía más preocupante: un presidente y un equipo de gobierno que habilitan, desde sus discursos, el insulto, el desprecio y el odio. Expresiones que antes provocaban vergüenza y se pronunciaban a escondidas hoy encuentran legitimación desde los lugares más altos del poder.
No es que las personas violentas hayan aparecido ahora. Siempre existieron. Pero una sociedad establece límites, construye consensos y define qué comportamientos son socialmente aceptables. Cuando desde el poder se descalifica, se estigmatiza y se señala a quienes son diferentes, esos límites se corren. Lo que antes daba vergüenza hoy se exhibe como una hazaña.
Quiero expresar mi abrazo y solidaridad con las compañeras travestis que sufrieron el brutal ataque en Palermo. Y quiero decir algo con claridad: esto no es un tema exclusivo de la comunidad travesti trans. Es un tema de la democracia.
La comunidad travesti trans conoce demasiado bien la discriminación y la violencia. Como me enseñó mi amiga Lohana Berkins, la expulsión de los hogares, el rechazo social y la exclusión fueron durante décadas parte de la vida de muchísimas compañeras. No todas nacieron en la pobreza ni en situaciones de indigencia. Lohana, por ejemplo, provenía de una familia salteña de clase media. Sin embargo, su identidad de género fue motivo de rechazo y expulsión. Como les sucedió a tantas otras, la sociedad les cerró las puertas y las empujó a la prostitución como único recurso de supervivencia.
Desearíamos que, a esta altura del siglo XXI, con tantos años de democracia y de conquistas en materia de derechos humanos, esa discriminación hubiera desaparecido. Pero no es así.
Por eso resulta inadmisible que quienes atacaron a las compañeras en Palermo hayan podido filmar las agresiones y exhibirlas como si fueran una hazaña. Algunos medios los llamaron “jóvenes ciclistas”. No son simplemente jóvenes que circulaban en bicicleta: son personas que ejercieron violencia y que deben responder por sus actos. El silencio y la naturalización frente a estos hechos también nos interpelan.
No podemos aceptar que se insulte, se golpee o se humille a alguien por su identidad de género, por ser negro, marrón, lesbiana, puta, gorda, flaca o por tener cualquier otra característica que se aparte de los mandatos hegemónicos. La violencia no puede convertirse en espectáculo ni en motivo de orgullo.
Como plantea Rita Segato, estas demostraciones de violencia también funcionan como mensajes entre varones, como formas de exhibir poder y obtener reconocimiento de otros varones. Por eso tenemos una asignatura pendiente con las masculinidades. Los varones que no ejercen violencia, que son la mayoría, tienen que empezar a interpelar y frenar a quienes todavía creen que golpear a una mujer o a una travesti es una demostración de poder.
Desde la Secretaría de Mujeres, Políticas de Género y Diversidades de La Matanza trabajamos también en ese sentido, porque prevenir las violencias implica revisar los mandatos de masculinidad que las sostienen. La Educación Sexual Integral en las escuelas es fundamental: las infancias tienen derecho a aprender que los conflictos, las diferencias y los desacuerdos se pueden resolver de otras maneras. Podemos enojarnos, discutir, pensar distinto. Lo que no podemos hacer es convertir esas diferencias en una excusa para agredir.
Tampoco podemos desconocer lo que falta en materia de inclusión. La Ley de Cupo Laboral Travesti Trans sigue siendo una herramienta fundamental, especialmente en un contexto de desempleo creciente. Desde el Estado tenemos la responsabilidad de sostener políticas que amplíen las oportunidades y permitan que ninguna persona sea condenada a la exclusión por su identidad de género. Queremos una sociedad en la que nadie tenga que recurrir a la prostitución como única alternativa para sobrevivir.
Como cada año, acompañamos la Marcha del Orgullo y renovamos nuestro compromiso con la defensa de los derechos de las compañeras travestis y trans, denunciando cada situación de violencia y trabajando para que todas las personas puedan vivir y expresar su identidad en absoluta libertad.
En la provincia de Buenos Aires, con Axel Kicillof, Verónica Magario y la ministra Estela Díaz, y en nuestro municipio, con Fernando Espinoza, existe una decisión política de abrazar y acompañar a quienes ven vulnerados sus derechos. Esa decisión se expresa en políticas públicas concretas, en la presencia del Estado y en el trabajo cotidiano en los territorios.
No podemos permitir que el odio vuelva a convertirse en una conducta socialmente aceptada. Los derechos conquistados no son privilegios ni concesiones: son conquistas colectivas que debemos defender todos los días.
La democracia no se defiende solamente con elecciones. También se defiende cuando nadie tiene miedo de ser quien es, cuando ninguna persona es expulsada, golpeada o discriminada por su identidad y cuando la violencia deja de ser celebrada para convertirse, como corresponde, en algo que nuestra sociedad rechaza.








