martes, julio 23, 2024
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Las hermanas Mirabal: las Mariposas

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En el marco del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer compartimos una entrevista realizada por Liliana Hendel a Dedé Mirabal en 2010*.

En la selva del Alto Paraná, las mariposas más lindas se salvan exhibiéndose. Despliegan sus alas negras alegradas a pinceladas rojas o amarillas, y de flor en flor aletean sin la menor preocupación. Al cabo de miles y miles de años de experiencia, sus enemigos han aprendido que esas mariposas contienen veneno. Las arañas, las avispas, las lagartijas, las moscas y los murciélagos miran de lejos, a prudente distancia. El 25 de noviembre de 1960, tres militantes contra la dictadura del generalísimo Trujillo fueron apaleadas y arrojadas a un abismo en la República Dominicana. Eran las hermanas Mirabal. Eran las más lindas, las llamaban mariposas. En su memoria, en memoria de su belleza incomible, hoy es el Día mundial contra la violencia doméstica. O sea: contra la violencia de los trujillitos que ejercen la dictadura dentro de cada casa.

EDUARDO GALEANO, Los hijos de los días

La Asamblea General de la ONU estableció y declaró (el 17 de diciembre de 1999), a través de la resolución 54/134, al 25 de noviembre como el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

2010. Empecé a soñar con conocer y entrevistar a Dedé Mirabal**, la sobreviviente, la que vivió para contarlo, no bien supe que participaría como invitada en una actividad de ONU Mujeres en República Dominicana.

El asesinato de las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal en 1960 es, para quienes explican los sucesos de la historia, el comienzo del fin de la era del dictador Trujillo. Para Dedé fue el final de una etapa y de un modo de vivir y el comienzo brusco de otra etapa que ella jamás hubiera imaginado. Dedé Mirabal es mucho más que la sobreviviente.

Llegamos puntuales a la hermosa casona en Ojo de Agua, Salcedo. Todo alrededor se ve impecable, verde, limpio, no solo porque no hay suciedad, limpio porque la energía y el aire que se respiran tienen la dimensión mágica que se logra cuando se mezcla lo venerado con la vida cotidiana.

Dedé es pequeña, inquieta, activa, con ese mechón blanco diferenciándose sobre el cabello cortito y oscuro se ríe, se disculpa y dice: “Qué suerte que el periodismo del mundo sigue interesado en la historia de las mariposas”.

Dedé: A los 85 ya pasó el riesgo de la enfermedad esa, nueva –el alzheimer, le dice alguien de su equipo–, esa… es que a veces me agarran como unas lagunas, y me entero de personas jóvenes que lo sufren no tienen ni 70 y… –vuelve a reírse–.

Liliana: La historia de sus hermanas es conocida, las han convertido casi en santas, se las reconoce como las madres de la patria, pero ¿cómo era su propia vida en aquellos años?

Dedé: Bueno… Yo trabajaba con mi padre, tenía una tienda entonces, se llamaba “Tienda de fantasía”, hoy lo llaman boutique. Yo importaba carteras, zapatos extranjeros, tenía una casa que me los mandaba. Estaba casada, tenía tres niños, mi marido era muy enérgico, muy firme. Siempre les decía a los compañeros y a Manolo (el marido de Minerva): “Cuando lleguen los fierros me avisan, no podemos luchar sin armas contra un hombre que tiene un ejército”. Él era un hombre de acción, pero yo estaba dedicada al mundo de los negocios. Manolo murió muy joven, no tenía 33 años cuando lo mataron.

Cuando muere mi padre, mi madre, doña Chea, decide irse a vivir a la nueva casa, donde hoy está la Casa Museo. Entonces también yo dejé todo aquello y me mudé aquí, que era la casa vieja donde habíamos nacido. Mi padre nos dejó una finca grande de cacao, de ganadería. Yo no necesitaba salir a buscar, mi esposo también tenía una finca grande de ganadería. Gracias a eso siempre tuvimos esta posibilidad de tener estabilidad económica aunque el dictador se apropiaba de los bienes de los opositores. La mayoría de los bienes que le expropió a nuestra familia los recuperamos después de muerto porque había sido por cuestiones políticas, no legales, era patrimonio adquirido con papeles… nuestros.

Liliana: ¿Cómo fue ocuparse de nueve niños en medio de tanto dolor? (seis huérfanos, tres hijos propios).

Dedé: A partir del asesinato de mis hermanas pasé los siete años de la muerte como en el limbo. Justo a los siete años, me enteré de la muerte de alguien que conocía, una mujer joven, y eso me sacudió, fue como si por primera vez yo me preguntara: “¿Y si yo muero?, ¿cómo estoy dejando a esta familia?, no les estoy prestando la debida atención”, y ahí desperté porque, hasta entonces, yo sentía que mi vida también se había terminado.

Me presenté a un anuncio y empecé a trabajar en una compañía americana de seguros, Pan-American Life. Poco a poco recuperé aquellas actitudes de comerciante, me gané premios, cada dos años iba a las convenciones donde llevaban a los mejores vendedores de seguros y disfruté de todo eso. Heredé la capacidad comercial de mi padre, un comerciante muy próspero, muy exitoso. Mi padre era un hombre muy simpático, muy cálido; en cambio, mi madre, muy trabajadora, nació para sufrir.

Liliana: ¿Cómo era la vida? ¿Qué hacía tu mamá? Leí en una entrevista que entre los primos se llaman hermanos.

Dedé: La adolescencia de esos muchachos fue brava [se ríe]. Claro… mi mamá fue una mujer muy enérgica también. Aunque eran los niños, los huerfanitos, les decía que los huerfanitos tenían que andar derechitos. Minou (hija de Minerva, hoy legisladora y militante feminista) decía: “Mamá Chea es bruja”, porque de pronto si ellos estaban haciendo alguna travesura aparecía sigilosamente con un rosario en una mano y un cordoncito en la otra.

Mi mamá era muy fuerte, cuando en 1963 le ofrecieron una indemnización ella dijo: “Mi sangre no la vendo, con lo que mi esposo me dejó se educarán todos”… Mi casa no era la niñería, había que aprender a bordar y a hacer de todo… La única fue Jacqueline, la más pequeña, la hija de María Teresa hasta quiso hacer un curso y aprendió a cocinar. Fue una familia normal…

Dedé dice la palabra “normal” haciendo elástico el sentido de la normalidad, poniendo en jaque todas las creencias.

Dedé: El más difícil era Manolito, el de Minerva, pero lo mandé interno a un colegio cristiano evangélico, aunque nosotros somos católicos. Y fue muy bueno porque ellos me lo entendían, sabían cómo tratarlo: cuando él se ponía rebelde ellos le buscaban la vuelta. Hoy Manolo es un gran empresario, hay dos que son políticos, algunos tienen su propia empresa. Hace poco festejamos aquí la Navidad, ya cuatro generaciones, hijos, nietos y hasta bisnietos. Se juntaron aquí ese día como ochenta personas, todos disfrutaron, era un desorden.

Liliana: También eso es sobreponerse a la tragedia

Dedé: Sí. Antes, yo me sentaba allí [y señala un rincón entre el verde cuidado del parque] y me quedaba quieta y entonces venía uno de los niños, Jaime David, y me decía: “No estés así, vamos a jugar, a ponerle nombre a las vacas”, ya te digo, fueron siete años que estuve como sin fuerzas para nada. [Se queda en silencio solo un segundo.] Siempre me gustó trabajar, yo misma manejo mi finca de cultivo orgánico.

Liliana: Mientras tanto, ¿usted estaba casada…? (Pregunto, tal vez sorprendida, porque en una sociedad patriarcal el marido todavía no aparece en el relato.)

Dedé: Sí, yo estaba casada, nos llevábamos muy bien, pero tú sabes, el dominicano, el caribeño, tiene una sangre calientísima y a él le gusta mucho enamorarse. Llegó un momento en que yo le dije: “Mira, ya está bueno, si me haces otra, vamos a terminar”, y le pedí el divorcio. Hoy somos amigos, somos familia; cuando todos eran pequeños él era como su papá, yo hablo de él en mi libro (Vivas en su jardín).

Liliana: Las hermanas Mirabal son un símbolo en el mundo y usted tiene mucho que ver con eso.

Dedé: Hasta en África para Mandela es un día sagrado el 25 de noviembre. En el mundo entero se reconoce que la mujer siempre ha sido muy maltratada, y esa tragedia se recuerda ese día. Mi hermana Minerva siempre decía que la mujer era de avanzada: “La mujer está tan capacitada como el hombre, lo que pasa es que no se lo reconocen. No se le da la oportunidad” de manejar un país. Hoy en Argentina, Chile, Alemania hay mujeres presidentas; en aquella época, ni pensarlo.

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Prendedor regalado por la ex diputada dominicana Minou Tavárez Mirabal, hija de Minerva y Manolo, a Liliana Hendel.

Dedé habla rápido, no se cansa, hilvana recuerdos como si hubieran sucedido ayer y pasa, como las mariposas que siempre lleva en forma de prendedor en su ropa de excelente calidad, de un tema a otro, se interrumpe cuando una imagen aparece, se deja llevar, la comparte y luego vuelve. Está informada de lo que sucede en el mundo, se preocupa por el avance de la droga y el destino de los niños pobres en el mundo. Y siempre encuentra el modo de atrapar la risa.

Liliana: Se estableció el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, pero a ellas las mataron por ser opositoras al régimen.

Dedé: Así es, pero el dictador Trujillo no le perdonó a Minerva que ella se atreviera a enfrentarlo y a decirle que no a él, a quien los hombres le tenían miedo y las mujeres se le entregaban. ¿Te conté de aquella fiesta en la que ellos bailan y él le pregunta si le interesa la política y ella dice que no, que no le interesa? Minerva tenía 23 años. Era impactantemente bella y valiente. Él le dice: “Yo voy a mandar mis súbditos a conquistarla”, y ella le dijo: “¿Y qué pasa si yo los conquisto a ellos?”. Mi mamá no quería aceptar esas invitaciones pero era peligroso no responder a una invitación del dictador. Así que a la primera fiesta fueron solo mi papá y Minerva.

En una segunda visita a la que fuimos todos, mi hermana lo rechaza delante de todos, imagínate, todos lo comentaron y él jamás la perdonó. Era un hombre terrible. Después de eso él encarcela primero a mi papá y, al día siguiente, a Minerva y a mi mamá.

Eso fue en 1949. Trujillo se hacía llamar “el perínclito de San Cristóbal”, y yo en estos días veía en un crucigrama del periódico la foto de Patria, la mayor, y decía: mujer perínclita, mujer excepcional. Después, en 1960, cuando se descubrió el movimiento de oposición que habían fundado Minerva y Manolo, vuelven a meter presa a Minerva varias veces y también a María Teresa.

Siempre recuerdo a mi hermana mayor, Patria. Adoraba las plantas, la veo paradita allí [y la mirada y la mano van hacia algún lugar], la última vez que la vi con sus pantalones ajustaditos y su camisa roja atada aquí [y hace un gesto sobre su panza]. María Teresa, en cambio, se me desdibuja, era pequeña, apenas empezaba a vivir. [Y el aleteo se pone triste, húmedo.]

Dedé recupera la memoria de las tres y de sus maridos sin victimizarse ni victimizarlas, tal vez, allí resida el éxito de la perseverancia. Su relato es enérgico, alegre, intenso. Militante. No quiso que sus hijos se dedicaran a la política, ni sus nietas, pero… dice, pícara:

Dedé: La sangre tira y lo hicieron igual. Es que, yo pensaba, nosotros, los Mirabal, ya hemos dado mucho, demasiado.

La ideóloga era Minerva, Patria era la andariega, le gustaba salir y armar paseos… cuando fui a buscar sus cuerpos, cuando me las entregaron, me querían mentir, inventaron que fue un accidente, yo estaba como loca, lo agarraba al policía de la solapa y le decía: “Convéncete de que las han asesinado, no van a callarme, las mataron”… [y jamás dejó de denunciar el asesinato brutal].

Siempre me preguntan si pienso en que soy la única que quedó viva y sí, lo pienso y sé que quedé viva para contarlo. Por ellas, para todas las mujeres que todavía no se animan, ellas son un ejemplo de alegre valentía.

Los cincuenta años del triple feminicidio hacen que la agenda y el teléfono no paren. Dedé encuentra un lugar para todo el mundo. Miles de jóvenes estudiantes pasan por allí por año. Los objetos tienen el cuidado de un museo y al mismo tiempo la alegría de la vida. Como si aquel vestido pronto pudiéramos verlo en el cuerpo de alguna de ellas, o la taza de té humeante. Doña Chea cerró el portón principal cuando mataron a sus hijas y no volvió a abrirlo, tampoco fue nunca al lugar donde las tres están enterradas ni a las misas: “Espero que vuelvan”, decía. En cambio, Dedé no las espera porque están allí con ella. “Vengan –nos dice–. Vengan, les quiero mostrar el procedimiento del cacao”, y camina con sus 85 ágiles años que aman la vida.

Santo Domingo, 2010


* La entrevista fue publicada en el libro «Violencias de género. Las mentiras del patriarcado» (Ed. Paidós, 2017), de Liliana Hendel.
** Bélgica Adela Mirabal (doña Dedé Mirabal) enfrentó la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo Molina y asumió la responsabilidad de educar amando a los hijos de sus hermanas y mantener vivo el mensaje por el que a ellas las mataron. Murió el 1º de febrero de 2014 con su misión cumplida.

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